
Félix Barroso Gutiérrez

LA PINGOLLA
REFLEXIONES EN TORNO A NUESTROS MUNDOS RURALES (II)
Nadie podrá negarnos, modestia aparte, de nuestra involucración en las fiestas tradicionales del pueblo donde abrimos las pestañas al mundo por primera vez. Años de estudiante y otros que siguieron nos llevaron a sumergirnos en las aguas adonde nos llevaban nuestras inquietudes. Buscábamos no perder el norte, siendo fieles a nuestras raíces e identidades. Primero, haciendo la guerra por nuestra cuenta, buscando complicidad con corporaciones municipales para que nos dieran manos libres para trazar programas festivos y rescatar tradiciones que iban naufragando y pedían un salvavidas. Por lo general, fueron receptivos los munícipes. El presupuesto no daba para tirar muchos cohetes, pero se hacían lo que se podía. Siempre había un puñado de incondicionales que aportaban su grano de arena. Así se fueron impulsando los antiguos carnavales, con su ‘Vaca-entrueju’, sus ‘músicos cencerrerus’, su ‘Lobu de las Canchorras’, su ‘Tíu del Sebu’, sus ‘Señoritas de Panpringau’, sus ‘Jabichuchis’, su ‘Gelipón el del Puzarancón’ su ‘Pruseción de los Finaus’, su ‘Mora Quintana’, sus ‘Jarrierus’, su ‘Pericu el de Las Jurdis Malas’, su ‘Cuácarra’ o su ‘Ánima Vagamunda de Cabeza Landil’. Incluso se pudieron en marcha la ‘Cabalgá de los Reyis’, de la que solo quedaban tristes recuerdos. El Ayuntamiento aportaba los caramelos y otras ‘dulzainas’ o ‘goloseras’, así como otros ‘endilgus’ más sustanciosos. Ciertos vecinos nos prestaban sus jacas o sufridos caballos destinados a las labores agrícolas, que eran propios del terreno y de los que ya no queda muestra alguna. De unos años a esta parte, los únicos caballos que se ven son los de la estirpe que siempre gastaron los ‘señoritus’: animales esbeltos y de gran alzada, para lucirlos, que no para el trabajo, los ‘ricachonis’, que venían a ser los dueños de las grandes fincas, propias de los terratenientes, que les sobaron bien el pellejo, trabajando de sol a sol y por cuatro reales, a los jornaleros, en otros tiempos. Por suerte, en estos términos no existían esas enormes fincas y no se criaron gente de tan elevada clase social. Se buscaban ropas antiguas para los Reyes y los pajes en los arcones de las abuelas y la ‘Cabalgá’ iniciaba sus pasos por las mal empedradas calles del lugar.
Las Fiestas del Emigrante y la recuperación de las tradiciones
Más tarde, aquellos primeros pasos pasarían a transformarse en zancadas, no tardando en surgir una peña de festejos, con su junta directiva. Actuaba de presidente, Pedro Corrales Montero; el papel de secretario le correspondía al que suscribe estas líneas. Creció de la noche a la mañana: hijos del pueblo y otros que continuaban siéndolos, pero nos fueron arrebatados por el despiadado y lacerante vendaval migratorio de los años 60-70 del pasado siglo. Puñados de paisanos que salieron con lágrimas en los ojos en busca de otros futuros más halagüeños pasaron a formar parte de la peña. Se crearon, en agosto, las ‘Fiestas del Emigrante’, siguiendo al pie de la letra lo que marcaban sus estatutos. Se remarcaba que los fines de aquella peña se asentaban fundamentalmente en la ‘confraternización entre todos sus socios, en aras de rescatar y poner en valor acrisoladas tradiciones y festejos, como homenaje a los antepasados y como parte consustancial de las señas de identidad de la localidad’ Nadie puede poner en duda que fueron realmente unas fiestas del pueblo y para el pueblo, donde los vecinos eran sus protagonistas. Se pusieron en marcha toda una gama de variopintos certámenes y concursos: etnomusicológicos (danzas, bailes, viejos cantos de siega o de trilla, romancero viejo y pliegos de cordel, tamborileros, acordeonistas, tocadores de rollos…); indumentarias (muestras de atuendos tradicionales, tanto de faena como de fiesta, o del periodo de luto); vinos y licores (‘pitarras’ de las bodegas locales y otros licores artesanales); gastronómicos (platos tradicionales y repostería local); artesanía (artesanos locales trabajando en vivo y exhibiendo las piezas laboreadas)… A tal peña le cabe el honor de haber sido la iniciadora de las primeras verbenas al aire libre, en la plaza mayor del lugar. Se contrataba a un grupo de músicos, los cuales cantaban y tocaban sus instrumentos sobre el remolque de un tractor. La plaza, a reventar, valsando y brincando con los ritmos de antaño y otros más modernos. Mozos, y no tan mozos, desfilaban, al venir el día, en busca del catre, a fin de ‘desollal la zorra’. Los había que empalmaban la fiesta con la del día siguiente.
La Peña Jerriza y las antiguas capeas

Cierto que la Peña, que nunca tuvo un nombre concreto, aunque algunos la llamaban la ‘Peña Jerriza’, por aquello de que el término ‘jerrizu’, muy propio del habla dialectal de la zona, viene a significar algo así como una persona infatigable tanto en los trabajos como en las fiestas y gran amante de las tradiciones de su tierra. Otros la nombraban como la ‘Peña taurina’. Ciertamente, fue esta peña la que resucitó a las antiguas capeas incruentas, de la que siempre eran protagonistas los quintos. Coso taurino conformado por los carros que se utilizaban para transportar las mieses y los correspondientes tablones. Las reses que se lidiaban de acuerdo con los patrones rústicos heredados pertenecían a los vecinos. Eran vacas ‘pegosas’ (recias, que se venían al trapo); generalmente de la raza morucha. Los quintos iban a por ellas, con permiso de sus dueños, devolviéndolas a la dehesa boyal y comunal o a sus fincas correspondientes, una vez terminada la diversión. No se martirizaba a los animales. Los socios de la Peña, al haber cambiado el perfil del ganado vacuno, prácticamente desaparecidas las vacas que mostraban cierta bravura en la plaza, adquirían reses para la capea. Después de corridas, se vendían al mejor postor. Casi siempre se sacrificaba un macho cabrío o un carnero para la comida de los socios, aunque también alguna vez le tocó el turno a alguna de las vacas o novillos toreados. Pero no nos cansaremos de repetir que el espectáculo taurino tradicional, desde que hay memoria, nunca fue sangriento. Por ello, nadie podrá señalarnos con el dedo ni podrán llover sobre nosotros algunas de esas de miles de frases, cargadas de reflexión intelectual, pronunciadas por personas de toda condición sobre las torturas, sufrimientos y sangre derramada de las clásicas corridas de toros, donde la cultura brilla por su ausencia y solo sobresalen los desquiciados instintos de quienes disfrutan con el maltrato animal.

Marcelu Patina, el Alguacil de la Peña
Vayan estos fotogramas que nos presenta nuestro hipotálamo, retrotrayéndonos a nuestros años mozos, en honor de Marcelino Sánchez Floriano, nombrado por aclamación ‘Alguacil de la Peña’. Como se suele decir, no tenía arte ni parte, ni oficio ni beneficio; pero era más que conocido y a ningún vecino le estorbaba al lado. Era analfabeto, pero se las apañaba para repartir las notificaciones escritas con la ‘Olivetti/Línea98’ a los socios de la Peña que tenían que asistir a las reuniones asamblearias o a quienes, de forma rotativa, les tocaba buscar los carros y tablones y conformar la plaza de la capea. Llevaba chaqueta hasta en el verano. El secretario de la Peña le colocaba en los bolsillos de los pantalones, la camisa y la chaqueta las notificaciones de los barrios del lugar (‘La Cuesta’, ‘Barriu la Encina’, ‘Las Cuatru Callis’, ‘El Rejón’, ‘El Cañinu’, ‘La Plaza’…). ‘Marcelu Patina’, que así lo llamaban chicos y grandes, memorizaba en qué bolsillo se encontraban las notificaciones de cada barrio y, con su renqueante cojera, se ponía en camino y las iba distribuyendo. ¡Que te sea leve, amigo Marcelo, en la ‘República de la Nada’! No sabemos dónde estará tal República. Puede que no esté en ningún lado. ¡Ah, sí! Está en la memoria y en la añoranza, aunque esta no sea sino el desfile de nuestros espectros vivos.


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