
Félix Barroso Gutiérrez | La Pingolla
Félix Barroso Gutiérrez recupera en esta nueva entrega de La Pingolla sus recuerdos de la patria chica y de una sociedad campesina marcada por las tradiciones, el conocimiento del territorio y las relaciones humanas. A partir de las fiestas del Cristo, el autor plantea una reflexión más amplia sobre la transformación de nuestros pueblos, la pérdida de determinadas costumbres y saberes rurales y la influencia de la llamada modernidad.
LA PINGOLLA
REFLEXIONES EN TORNO A NUESTROS MUNDOS RURALES (I)
Félix Barroso Gutiérrez.
Hoy, ‘La Pingolla’, que es la columna periodística que aparece y desaparece como el Guadiana, saliendo cuando le da la gana y con mayor frecuencia si el tiempo anda borrascoso, echa una mirada a la patria chica y le mete el dedo en el ojo. Ya lo decía el poeta y novelista Rainer María Rilke, el que viera la luz en Praga el día de Santa Bárbara de 1875: “la verdadera patria del hombre es la infancia”. Hurga el dedo en el ojo de esa patria, la única que personalmente concibo, y me veo transportado a unas fiestas del Cristo, que, en esa patria chica, lleva el remoquete de ‘La Paz’. Por más vueltas que he dado desconozco por qué en ciertos pueblos, más bien pocos, las fiestas del Cristo se saltan el día 14 de septiembre, cuando realmente se celebra la ‘Exaltación de la Cruz’ y cristalizan el festejo en otras jornadas. Si en el cercano pueblo de Ahigal el “Cristo de los Remedios’ se encarga de poner de color rojo, en el calendario, el día 4 de octubre; en Santibáñez el Bajo remarcan con el mismo color el día 23 de septiembre.
Que la tradición no es estática y evoluciona conforme los tiempos avanzan, es de sobra conocido; pero no se justifica que, en los tiempos de las prisas, como son los que atravesamos desde que la ‘modernez’ se empeñó en destruir la cultura milenaria del campesinado, se haga de nuestras tradiciones una parodia de ellas. Atravesamos días en que se reescribe la historia y cualquier hijo de vecino con vara de mando, sin conocimiento de causa, se deja guiar por gente advenediza y hace, con su cuadrilla, de su capa un sayo. No nos vamos a dejar echar encima a la añoranza, aunque merece todos nuestros respetos. Como dice la escritora manchega María Dueñas Vinuesa, “es sano desatascar las cañerías de la memoria y hacer las paces con todo lo que quedó atrás’. O sea, que si no echamos una mirada retrospectiva nos pueden devorar nuestros propios fantasmas. Nuestras infancias, adolescencias y primera juventud estuvieron marcadas por el transcurrir diario de una sociedad campesina que mantenía con gran celo las esencias socioantropológicas heredadas de muchas generaciones. Conocimos pasar del arado romano al tractor. Otro prestigioso escritor como John Steinbeck nos lleva a razonar sobre una de sus reflexiones: ‘Cuando el motor sustituye al hombre y al caballo, el vínculo directo con la tierra se rompe. El tractor no ama la tierra; la domina y la desangra’. Nadie puede ver en tal frase una oposición al progreso. Su contenido es mucho más profundo. Cuando la profundidad de la carga reflexiva no se interioriza, viene lo que viene. Entonces, ocurren los desastres. Nuestros pueblos, machacados ya por la falta de antropización de sus campos, reducidos a la mitad o cuarta parte de su tabla demográfica de los años 60 y 70 del pasado siglo (brutal sangría emigratoria), pasan a ser aspirantes de la gran urbe, donde el individualismo y la frialdad de relaciones humanas está a la orden del día. Pretenden copiar de las fuentes de la ‘modernez’ y alteran con otro tipo de fuentes, de pavimentados, de calles, de letreros luminosos, de construcciones públicas, de señalizaciones toponímicas estridencias musicales que implican grandes desembolsos de dinero (arcas públicas) para quedar por encima del pueblo vecino en tales o cuales fiestas… Ocurre en este y aquel pueblo, cuando no se han interiorizado las reflexiones de John Steinberck: o las que también exponía el ínclito director de cine italiano, además de filosofo, poeta y escritor italiano Pier Paolo Pasolini: ‘la televisión y la sociedad de consumo han logrado lo que el fascismo ni siquiera pudo intentar: la destrucción total de las culturas particulares, populares y rurales, sustituyéndolas por una clase media global’. Seguro que, de vivir hoy en día, Pasolini hubiera hecho alusión a la desbocada irrupción de las redes sociales, que, cuando no se controlan, convierten a las personas en zombis y gente adocenada y totalmente abducida por el mundo de las maquinitas. Y, así, ocurre que, en nuestro medio rural, que muchos jóvenes, con auténtica fijación en sus móviles, desconozcan totalmente el entorno natural que rodea a sus pueblos y no sepa distinguir una retama de una escoba, una piedra de moleña de otra de pizarra o una culebra de escalera de una culebra bastarda. Ignoran los nombres vernáculos de los parajes (hoy muchos de ellos con sus caminos públicos cortados e intransitables por la desidia o por los pocos escrúpulos de algunos) y de las fuentes (hoy ya colmatadas por el abandono); de los pájaros y otros vertebrados e invertebrados y de las plantas y sus propiedades. No saben prácticamente nada acerca de lo que les ofrece la naturaleza que tienen a dos palmos de las narices y que tanto les valió a sus padres y abuelos a la hora de atajar de inmediato una picadura de un alacrán o de un tábano, una cortadura en la mano, un dolor de muelas o la torcedura de un pie. Para colmo, como no podía ser por menos en esta era de las máquinas, han colocado gimnasios en todos los pueblos, cuando los campos que están a dos pasos ofrecen posibilidades para realizar todo tipo de ejercicios gimnásticos. Ejercicios al aire libre y no metidos en tabucos, que, en ocasiones, pecan de promiscuidad y olores malolientes. Bien claro lo dejó el inolvidable Miguel Delibes Setién, novelista, abogado, periodista, profesor y escritor vallisoletano: ‘Al destruir la cultura rural, perdemos la memoria. El hombre del campo poseía una sabiduría milenaria sobre los ritmos de la vida que la ciudad simplemente ignora y destruye’.
Hacíamos mención más arriba, rozando al encabezamiento, a las fiestas del Cristo, pero he aquí que el cliché de nuestra memoria se desborda y nos hace llegar infinidad de fotogramas, obligándonos a realizar una sucinta descripción, procurando no dar pábulo al torbellino hipotalámico. Con todo y ello, estamos a punto de agotar los tres pliegos o folios, y no más, que son los propios de una columna. Por ello, paramos el carro y dejamos para la segunda parte el segundo plato del menú, el que hace referencia más concretamente a tales fiestas cristinas. Nos vemos a la vuelta de la esquina.
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