
LA ‘CORROBRA ESTAMPAS JURDANAS’ AGUANTÓ AL PIE DEL CAÑÓN
Félix Barroso Gutiérrez
Cierto que las agencias meteorológicas anunciaban para el pasado 23 de mayo un calor fuera de lo normal en los septentriones cacereños. Quien más y quien menos pensaba que la montañosa y escarpada comarca de Las JHurdes no quedaría tan expuesta a tan rigurosas temperaturas. Pero nadie había reparado en un curioso fenómeno climatológico que ocurre en esta zona en ciertos días del estío; no en todos, pues tienen que concurrir diversos factores. Abundan en estas montañas valles muy estrechos y encajonados, que, al no tener una salida natural, da lugar a que el aire se acumule y se estanque en el fondo de los mismos. ¿Qué ocurre entonces? Pues que la insolación se deja caer como un mazo sobre las faldas de los valles y las calienta extremadamente. Al no tener por dónde escapar esa masa caliente, da lugar a que el mercurio de los termómetros ascienda a su capricho. José Manuel Sánchez Martín, catedrático de Geografía Humana en la Universidad de Extremadura, ha estudiado a fondo este fenómeno. En su trabajo ‘El clima en la comarca de Las Hurdes’ (Revista ‘Alcántara’, 31-32, año 1994), leemos lo siguiente:
‘es preciso añadir la complejidad morfoestructural que presenta el relieve de la zona, donde se entremezclan elevadas montañas con profundos valles, de diversa conformación. Todo ello se traduce en la aparición de un mosaico climático muy diferente al que poseen las áreas adyacentes. Al mismo tiempo, aparecen marcados contrastes entre las diferentes unidades que componen esta comarca, si bien es preciso reconocer la presencia de elementos comunes que le confieren, en ciertos aspectos, una homogeneidad. En este sentido es preciso destacar la elevada pluviosidad de la zona y los antagonismos térmicos.’
El fenómeno a que nos referimos da lugar a la multiplicación de microclimas dentro de la misma comarca. Este mosaico microclimatológico es algo muy peculiar de estos estrechos valles y agrestes montañas pizarrosas, que genera, además, en los inviernos, una inversión térmica, propiciando que el aire frío y pesado busque los fondos de los valles. Pero, en fin, no hemos venido, aquí y ahora, a hablar de las características climatológicas del territorio jurdanu, que tan solo pretendemos explicar la atipicidad meteorológica de la fecha señalada para la filmación de una película de corte etnográfico, dirigida por José Fernando Delgado Prieto, de lo que ya dimos cuenta en otras crónicas publicadas antes del mentado día. Ciertamente, las dos gargantas, la de ‘El Manzanu’ y la de ‘La Carabosa’, que bajaban, caudalosas, arrolladoras y cantarinas, acompañadas de una exuberante vegetación de ribera, flanqueando el poblado castreño y pastoril de El Moral, contrastaban enormemente con la anomalía o singularidad climática.
Los que hemos arribado a tan antiquísimo poblado por caminos de cabras, acompañados de nuestros alumnos, que actuaban de guías, ya conocíamos de qué color era el paño. Ha llovido desde que ascendíamos, tras llegar a la alquería de El Gasco, por ‘La Collá del Manzanu’ o ‘El Cotorru del Pimpollá’, y bajábamos, cruzando el paraje de ‘El Madroñal de las Cuevas’, terrenos todos ellos donde la huella de los prehistóricos jurdanus salta cuandu el olfato del sexto sentido husmea como es menester, hasta el poblado de El Moral. O arribábamos a dicho caserío, tan estratégicamente situado entre los dos arroyos citados, teniendo como base la aldea de El Avellanar. Buscando el nacimiento del rio que lleva el mismo nombre que el pueblo, nos encaramábamos en el emblemático ‘Picu de las Tiendas’, y aquí, nunca mejor dicho, tendíamos la tienda de campaña, como la vez que un grupo de amigos universitarios invertimos toda una Semana Santa en la caza de petroglifos, tarea ardua y difícil, pues solo teníamos referencias orales. Como anécdota escatológica, merece la pena dedicar dos líneas a lo que nos ocurrió en el paraje cercano de ‘El Robreu reondu’ (más de un centenar de topónimos que hacen mención a los bosques de robles que hubo en la comarca y que la maldita repoblación alóctono se los cargó a la inmensa mayoría). Rebuscando un grabado prehistórico, hartos de patear para acá y para allá, lo dejamos por imposible. Mira por dónde a uno de los compañeros le entró gana de tirar los pantalones y se metió por un helechal. Allí había un macizo pizarroso. Se acuclilló sobre una plataforma rocosa, casi cubierta por los helechos y madroñeras, y, estando en la función defecadora, se percató, al correr el chorro del orín sobre la superficie del peñasco, que allí se distinguían unas figuras piqueteadas. Cuando terminó la faena, limpió a conciencia, utilizando como fregón un puñado de helechos, toda la mierda. Avisó a los compañeros y, efectivamente, allí estaba el petroglifo, bastante interesante, por cierto; pero el olor excrementicio aún pululaba en el aire. Por la mañana, descendimos, con la fresca, del ‘Picu las tiendas’ hacia ‘La Güelta de los Corralitus’ y ya estábamos, triscando como cabras, por los laberintos pedregosos de El Moral. También saliendo de la alquería de La Aldehuela (en jurdanu, ‘L’Aldigüela’’ y rebasando ‘El Tesu de la Guija’, o desde aquella otras de Las Erías, tomando ‘La Collá de las Múas’ y los parajes de ‘La Mata del Ciervu’ y encarrilarnos por la pista forestal que nos introducía en el angosto valle del núcleo habitacional que se quedó anclado en su estructura castreña y hoy es toda una joya histórico-arqueológica.
¡¡SE RUEDA!!
Toda una odisea para llegar el pasado 23 de mayo a tan icónico poblado. La filmación etnográfica exigía actores y allá que fueron más de medio centenar de compañeros de la ‘Corrobra Estampas Jurdanas’, varios tamborileros de la Escuela Jurdana de El Mesegal y paisanos que habían participado en los talleres de indumentaria jurdana. Como no podía ser por menos, allí estaban presentes María Victoria Rodrigo López, presidenta de la ‘Asociación de Turismo de Las Hurdes’ (ATHUR); el gerente de la Asociación para el Desarrollo Integral de la Comarca de Las Hurdes (ADICHURDES), Manuel Marcos González, y el alcalde de Pinofranqueado, José Luis Azabal Hernández, que es el presidente de la misma. Tras llegar al pueblo de Horcajo, en la ve municipal, el personal se ‘enzamarró’, se ‘entruejó’ y se ‘encarantoñó’. La palabra ‘disfraz’ no tiene cabida dentro de los ‘Entruejus Jurdanus’. Subieron al autobús correspondiente (hizo varios viajes) y enfiló por una pista forestal, con tramos de tierra y piedra y, en algunas partes, incluso, asomaban las pequeñas jorobas de algunas acanchaladas pizarras. Alucinante viaje por las serranías jurdanas, con escalofriantes abismos y peñascales. Todo en consonancia con el viaje al remoto pasado, como correspondía a la jornada. El autobús llegó hasta donde llegó; luego, estaban esperando varios todoterrenos, para bajar por una empinada cuesta de tierra hasta el fondo del valle, donde se dejaban ver las vértebras y caperuzas de mamposterías esquistosas y los tejados de lanchas de El Moral. Las dos gargantas, tan espumosas, rodando escandalosamente y con sus aguas frías ofrecían una sensación de amena y acogedora frescura. Solo un espejismo. A medida que se fue levantando la mañana, ataviados muchos de los improvisados actores con pieles auténticas, como así lo exigía el guion del ‘Carnaval Jurdanu’, comenzaron los agobios y los sudores. No estábamos en febrero, que es cuando suele celebrarse esta fiesta y se agradecen las pieles, sino en los finales de un mayo riguroso, con el mercurio desbocado. El fenómeno estival del calentamiento de los estrechísimos valles que carecen de salida se hizo más que patente. Las paradas y repeticiones de tomas que precisaba el rodaje se llevó con buen humor, mientras las varias cámaras y drones sobrevolando nuestras cabezas cumplían con su papel. Aparecieron unas nubes gordas en el firmamento. Solo acarreaban más bochorno. El compañero José María Roncero Muñoz, embutido en sus pieles y cabeza de ‘La Osa del Cabezu’, tuvo un desvanecimiento y hubo que evacuarlo. La verdad es que los que participaban en el rodaje, gente jurdana curtida en las climatologías de tan bravías montañas, le echaron arrestos a la batalla carnavalesca. Manuel Rodríguez Martín, octogenario, tamborilero del pueblo de La Segur (y no Asegur, como se le nombre administrativamente, arruinando la riqueza filológica del topónimo), comentaba que ‘Siguru que a los nuestrus antepasaus no se les ocurrían vistilsi con pielis ni celebrá los Entruejus en los úrtimus días de mayu, sino de siempri en los fríus de jebreru”. Y, luego, añadía: ‘¡Peru a lo jechu, pechu!’.
Faltaríamos a la verdad si dijéramos que las pieles no fueron usuales en las vestimentas de los jurdanus de otros tiempos. Con pieles se fabricaban sus ‘zajonis’ (zahones) y sus zamarras; sus monteras y sus ‘chancas’. En cada pueblo, había uno o dos ‘chanquerus’, antes de que se introdujeran las abarcas en la zona. Se encargaban de fabricar un calzado con la suela de maderas ligeras ya la vez muy resistentes, a las que se les daba un barniz, fabricado con resinas de ciertos arbustos, a fin de que no se agrietaran. En la parte inferior de las suelas se le hacían unas ‘remancuadras’ (muescas) evitando así que se resbalasen. La puntera se reforzaba con una media luna de chapa poco pesada, que elaboraban los herreros locales. a la suele se le cosían túrdigas de piel de macho cabrío o incluso de algún burro que se hubiese muerto, bien curtidas, que cubrían el pie a modo de botín. Sobre las túrdigas se practicaban unos agujeros por los que se introducían los cordones, trenzados con lino basto, y se amarraban sobre las ‘engorras’, que las había de dos tipos: las de la brega diaria, que eran de piel curtida, y las de los acontecimientos festivos, que se confeccionaban con lana de las ovejas ‘chamarizas’; una raza lanar y autóctona, de la que ya no queda ni un solo ejemplar. Estas especies de calzas se coloreaban con el cocimiento de ciertas plantas. Las pieles curtidas tenían otros muchos usos, formando pate de los tamboriles, panderos, panderetas y panderetones; instrumentos que no podían faltar en toda fiesta o danza que se preciase. Un personaje tan singular como el ‘Zajuril’, que nada tiene que ver con en el zahorí, como hemos visto escrito más de una vez, y que venía a ser un hombre de paz, velador y transmisor del derecho consuetudinario, de las leyendas, cuentos y cantares, a la vez que ejercía de curandero, chamán y visionario, solía llevar sobre sus espaldas una piel de lobo y un collar realizado con los colmillos de tal animal, así como un garrote o palo denominado el ‘bastacu’. Al lobo se le respetaba por su astucia, su audacia y su infatigable caminar, aunque los ‘zajurilis’ lo conjuraban para que no hiciese ‘lobás’ (estragos en las piaras de las cabras). Curiosamente, el escritor latino de origen griego, Apiano (95 a.e.c. 165), habla de que ciertos heraldos de los pueblos ibéricos prerromanos, cuando deseaban parlamentar para hacer las paces, se envolvían en una piel de lobo y llevaban en la mano el ‘caduceo’ (una especie de bastón).
PARADA Y FONDA AL AIRE LIBRE
Hay que resaltar, siendo honestos, que la organización, en lo que atañe a la logística, supo dar sobradamente la talla. Por la mañana se repartieron con dadivosidad perrunillas y ‘matajambris’ (dulces enmelados, muy propios de la comarca) a todos los presentes. Había agua fresca, embotellada, para dar y regalar, aunque muchos prefirieron llenar las botellas o abarbar sobre el mismo cauce de las dos gargantas de aguas purísimas, nacidas de la misma entraña de la montaña y de auténtico frescor natural. Lógicamente, como mandaban los cánones tradicionales, era normativo comer a mediodía un potaje de ‘pipus con berzas y espinazu del guarrapu’, propio de los días del carnaval. Llaman los jurdanus ‘pipus’ a una variedad de alubias pintas. Un guiso propio de los días fríos del invierno no era la receta culinaria adecuada con aquellos calores. Muchos, por no decir todos, habrían preferido un buen plato de ‘El limón jurdanu’, mucho más apetecible. Cada cual se acomodó donde pudo, a la sombra, buscando la frescura de los arroyos. Eructó el personal y siguió el rodaje. Volvieron los actores a poner toda la carne en el asador y continuaron las cámaras y los drones. Los ‘rejuijus’ (escenificaciones al aire libre del ‘Carnaval Jurdanu’) se fueron desarrollando uno tras otro. Faltó ese punto catárquico, cuando, en la auténtica celebración del festejo el ‘Sábadu Gordu del Entrueju’ (ciclo invernal), llevando la muchedumbre un trago de más, cae, al declinar el día y producirse la quema de ‘El Morcillu’ o ‘Don Pericu’, en una especie de catarsis, que libera emociones y confraterniza solidariamente a todos los que de verdad viven interior y externamente esta alocada fiesta, que se pierde en la noche de los tiempos. Lamentablemente, no se pudo quemar ‘El Morcillu’ por aquello de los incendios forestales; pero todo indica que desde el primero hasta el último (director, equipo técnico, actores y voluntariado) quedaron, después de sudar la gota gorda, plenamente satisfechos. Ahora, vendrá la segunda para; pero de ello ya nos dará cuenta José Fernando Delgado Prieto, que es el que lleva la batuta.
FESTIVAL ‘JATU’
El próximo sábado, día 6 de los corrientes, coincidiendo con las efemérides de San Jarlato y San Besarión, un nutrido grupo de compañeros de la ‘Corrobra Estampas Jurdanas’ prepararán ‘los javíus’ o el ‘jatu’, nunca mejor dicho, y estarán presentes en el ‘Festiva Jatu-2026’: todo un escaparate de las distintas comarcas de la provincia cacereña. Como es lógico, la ‘Corrobra Estampas Jurdanas’ escenificará, dentro de las limitades posibilidades que ofrece lo que es un largo desfile, algún que otro ‘rejuiju’ y se oirán las voces de sus ‘tonás carnavaleras’, junto con algún que otro artístico brinco de los ‘picaus jurdanus’, ‘la charrá’, la danza de ‘El Pericón’ o el baile nupcial de ‘El Espigueu’.
LA ‘CORROBRA ESTAMPAS JURDANAS’ AGUANTÓ AL PIE DEL CAÑÓN
«Los compañeros de la Corrobra Estampas Jurdanas» culebreando por las callejuelas del poblado castreño y pastoril de El Moral (Foto: Victoria Rodrigo López)

















