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Paraísos en la Sierra de Gata y demás lugares

Paraísos en la Sierra de Gata y demás lugares

Sin lugar a dudas, el paraíso terrenal es una cuestión de según y cómo. Para que no se diga, a un serragatino en Asturias no le queda más remedio que encontrarse paraísos, con referencias a la sierra, pero además allí viene a ser una cosa así como si Moncalvo se bañara los pies en el mar.

Y eso fue lo que me pasó cuando aterrizamos en la playa de San Juan de la Arena… Aparcamos junto a un prado de hierba verde, sigues andando y ya metes los pies en la arena de la playa. Miras a un lado y lo que digo, una montaña escurriendo agua y asomando al mar y, por si no quieres caldo, toma tres tazas, de una fuente de tres caños de un agua fina y fresca, como si estuvieras bebiendo en Hervás.

Por eso el paraíso terrenal es muy personal, porque si no has estado en Hervás, te puede saber cómo el agua del pilón de San Martín de Trevejo, camino del convento. Pero tampoco es manco el paraíso, si allá por finales de julio se te ocurre a las cinco de la tarde, subir con los nietos a Santibáñez el Alto con intención de visitar el castillo…

Los de sierra, como tenemos genes caprinos, vamos saltando canchales, aunque con fatiguitas, lo contrario que los críos, que suben tan frescos, pero no están entrenados.

Justo traspasar la puerta del castillo, te encuentras con un estanque para lavar y para el ganado, con un chorro de agua fresca que es la gloria… Tienes dos opciones, pensar que es agua bendita o que estás en el Edén. Y lo pienso mientras las criaturitas se dedican a disfrutar de lo que hay, agua para encariñarse hasta que les sale por las zapatillas.

Luego, lección de ciencias: Este agua nace en aquel monte donde está la Almenara… ¿Y cómo viene…? Por una tubería y por la teoría de los vasos comunicantes… Yo comprendo que no comprendan, porque ellos no han visto descargar un camión de vino chupando de una goma y poniendo la damajuana más baja. Pero uno sabe que entrar en el paraíso terrenal ha de ser por la puerta de lo sencillo y la precariedad.

Cuántas veces habré pasado por el puente de la huerta de Gata… Joder, aquello ya de por sí es un paraíso, pero yo solo me he sentido en el Edén un día determinado, el día de primavera que regresáramos con los críos de visitar el pueblo. El lugar invitaba a hacer parada, pero no fonda, por falta de intendencia, porque el chiringuito abre en verano.

Y como las cosas sencillas se hacen evangélicas… Ahí en el coche he metido yo un cacho de pan y una pizca de morcilla… La multiplicación de los panes y morcilla. Todos comimos un poco, bien repartido y nos supo a gloria bendita. ¿Donde se refugiaría nuestros primeros padres cuando llovía?

Pues experimentarlo es fácil. Se va uno a Robledillo un día que esté lloviendo, busca el corredor pasadizo que recorre el río desde la piscina hasta el puente… Lo primero, que deja uno de mojarse, pero enseguida se siente uno arropado por la madera de castaño de los techos y las paredes de pizarra y barro… Eso es, se siente uno arropado.

Lo de salir por la puerta falsa del paraíso lo vivíamos muy bien cuando íbamos a Valverde, pues estando en el rancho… Qué menos de llevar para casa un par de kilos de café portugués… En cuanto que te hacías cargo de la mercancía, ya no éramos trigo limpio, lo primero pasar por delante del cuartel de la guardia civil. Volvíamos acojonados, para postre para entrar al pueblo también por delante del cuartel de la guardia civil…

Lo más curioso es que sentíamos que hacíamos algo incorrecto, pero no que estuviésemos robando impuestos a Hacienda. Ahí tiene usted un paraíso ficticio, chuparle al erario público y encima presumir de ser listos, menos mal que este oficio nacional lo practicamos según los medios disponibles.

A algunos paraísos es necesario entrar llevando aprendido algo de la historia, porque sinó te quedas como si te tomas agua de borrajas. Por ejemplo en el museo romano de Mérida, por mucho que te expliquen… Lo que digo. Pues qué te digo de Acebo… Aquello es para verlo y olerlo… Un auténtico paraíso naranjal.

Por el olor en mayo, por el sabor, en finales de noviembre. Allí la tentación no está en una manzana, está en cientos de naranjas de todas, hasta»tanjarina» (mandarinas).

Tengo una cuñada que en cuanto es tiempo de naranjas empieza sus peregrinaciones a Acebo y hasta tiene proveedora fija que les abre el paraíso naranjal. Ella dice, y su razón tendrá, que solo le sabe a naranja la de Acebo. Su mejor embajador, Quico Piris, que nos las llevaba hasta Coria, cuando vivíamos allí.

El paraíso de los freones blancos está en Eljas, una alubia fina y mantecosa que parece maná cuando las comes. A este paraíso se entra al estilo del evangelio, por la puerta estrecha, solo que en este caso es la calle estrecha, que desde que entras en el pueblo, empiezas a subir y no sabes cuando llegarás a la plaza, porque si baja una furgoneta de reparto, a ver a quién le toca apartarse. Seguiremos, hasta que el cuerpo aguante .Chuchi….

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